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"Venid a mí y seré el sol en torno al cual giréis en órbita, y mis rayos dejarán al descubierto los secretos que os ocultáis el uno al otro, y así yo, que poseo hechizos y poderes de los que no tenéis la menor idea, os controlaré y os poseeré y os destruiré." Armand

"El pecado siempre sienta bien." Nicolas

"Vagar eternamente por el territorio de las pesadillas tiene su obscuro esplendor." Gabrielle de Lioncourt

"Sucederá lo que debe suceder, pero escoge a tus compañeros con cuidado. Escógeles porque te guste mirarles y escuchar el sonido de su voz, y porque posean secretos que desees conocer. En otras palabras, escógeles porque les ames. De lo contrario, no podrás aguantar su compañía durante mucho tiempo." Marius, el romano

"El mal es un punto de vista." Louis Point Du Lac

"Ella es una época para ti, una época de tu vida. En caso de que rompas con ella, romperás con la única persona que ha compartido el tiempo contigo." Armand

"En mis sueños sigo abrazándola, ángel, amante, madre y en mis sueños beso sus labios amante, musa, hija.
Ella me dio la vida, yo le di la muerte, mi hermosa marquesa… regresa a mí, Gabrielle, mi hermosa marquesa el castillo de la colina esta en ruinas. El pueblo, perdido bajo la nieve, pero tú eres mía para siempre." Lestat de Lioncourt

"Dime lo malo que soy. ¡Me hace sentir tan bueno!" Lestat de Lioncourt

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Letholdus Signoret

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Letholdus Signoret

Mensaje por Letholdus el Mar Jul 31, 2012 3:06 pm

"Y justo cuando el espíritu estaba por quebrantarse, cuando la voluntad comenzaba a titubear, cuando las armas vacilaban en las manos de los guerreros... aquel caballero emergió sobre la muralla de Jerusalén, parecía una visión celestial, un arcángel enviado por Dios para ayudar al ejército que defendía su nombre, levantó el estandarte de las fuerzas cristianas y lanzó una invitación a sus bravos compañeros para recuperar la ciudad santa de los infieles... Su heroico gesto encendió los corazones de los cruzados, su grito de guerra infundió temor entre los defensores y su visión sobre los muros de Jerusalén parecía un presagio de cómo la fe cristiana triunfaría sobre sus enemigos. Letholdus era el nombre de aquel caballero, su nombre será recordado y su leyenda será relatada"
De las crónicas del Padre Gavin de Borgoña




Ése es el origen del legado de Letholdus, un caballero hasta entonces sin rostro, que se convertía en el primer cristiano en pisar los muros de Jerusalén durante su asedio en el año de 1099.

Nacido en Aveyron (Francia) en 1899, Letholdus Signoret, es un lejano descendiente de aquel caballero cruzado, de hecho su nombre completo es "Letholdus IX Marie Barthélemy Guido Philippe Signoret Oriard", dada le extensión y para fines prácticos, ha preferido limitarse a su primer nombre y legado de su antepasado así como su primer apellido.

De aspecto nervioso, complexión delgada y mirada melancólica, suele proyectar un aire de tristeza o debilidad incluso en una primera impresión pero a través del trato muestra los verdaderos matices de su carácter: un gran carisma y un espíritu soñador.

A través de su encantadora personalidad ha logrado el favor de muchas personas a lo largo de su vida y es por ello que no ha tenido necesidad de dedicarse a alguna labor en particular aunque en caso de requerirlo, puede tomar algunos trabajos temporales que puedan mantener su modo de vida de viajero.

Emplea sus travesías para alimentar su alma a través del aprendizaje y las experiencias, no pudiendo por ello, quedar estático o atado a un lugar por demasiado tiempo.

Sus padres (Letholdus VII Signoret y Julienne Oriard) poseían una granja en la región de Averyon, donde le educaron los primeros años de su vida hasta verse en necesidad de abandonar su propiedad debido al estallido de la primera guerra mundial. Mientras que el padre de Letholdus se reportaba al servicio en el ejército francés, su madre emigró hacia Barcelona, España, donde le ofrecerían resguardo algunos parientes de su marido.

Con el avance de las hostilidades en la gran guerra y la trágica noticia de la muerte de su esposo, Letholdus VII, en el frente de batalla, Julienne Oriard tomó la decisión de abandonar el continente europeo y abordó junto a sus hijos un barco con destino a Brasil con la esperanza de formar una nueva vida en el país americano, estableciéndose en la región de Ceará.

Antes de que Letholdus IX cumpliera los 20 años ya había llamado hogar a tres países distintos, su natal Francia, la pasajera España y durante una larga temporada Brasil. Dichas residencias ofrecieron a Letholdus IX y a su hermano menor (Alvar Marie Auguste Benôit Fréderic Signoret Oriard) un cumulo de experiencias, enseñanzas y además de una mente sensible a las diferencias culturales, así como la capacidad de adaptarse fácilmente a los cambios.

Con gran esfuerzo, Julienne Oriard logró ofrecer una vida plena, educada y libre de limitaciones a sus dos hijos en éste nuevo país pero eventualmente una extraña enfermedad llegó a ella y fue debilitando su cuerpo hasta que finalmente la condujese a su muerte en el año de 1926.

Ambos hermanos aprovecharon bien la herencia de su madre: Alvar se convirtió en fundador y dueño de una de las principales compañías mineras del país mientras que Letholdus prefirió dedicarse a una vida entre intelectuales y poetas, cada uno encontrando a su manera el camino a su felicidad.

Unos meses después de la muerte de su madre, Letholdus tomó la decisión de viajar por el mundo, considerando que una vida sedentaria solamente lograría gastar su espíritu y oxidar sus pensamientos. Tras consultar dicha elección con su hermano y entregarle las pocas pertenencias que poseía, Letholdus IX inició su vida como errante.

Pronto descubriría que dicho camino implicaría sacrificios y que no resultaría como la odisea que pudo haber leído en las obras literarias de sus autores favoritos. Aun a pesar de ello parecía que la suerte siempre le acompañaba y a pesar de los riesgos experimentados, parecía siempre estar fuera de peligro.

Pero no era lo único inusual en su existencia, algo que resaltaba a simple vista era que parecía que el desgaste de los años no pasaba por él y si lo hacía, al menos no lo era en la escala en que podía afectar a otros. Algo bastante notorio dado que, con más de un siglo de vida, no aparenta más de treinta.

Durante su estancia en Inglaterra se reencontró con el legado de su lejano antepasado, el original Letholdus, aquel caballero que combatió durante las cruzadas. Un encuentro fortuito en realidad con un libro que trataba los hechos históricos de la época. De cualquier forma esto detonó un nuevo interés, la búsqueda de más información de aquel nombre que originó su linaje y con el que compartía el primer nombre.

El azar o el destino le condujo hasta Turquía, donde encontraría un antiguo manuscrito en un bazar de las calles de Estambul. Existía una breve referencia de su antepasado, al parecer la hazaña de Jerusalén no fue su única proeza, de alguna forma, él solo había extinguir un peligroso incendio en Antioquia… a través de la oración.

El relato hablaba de un feroz fuego originado en los establos de la ciudad que en pocos minutos ya amenazaba con reducir toda la fortaleza a cenizas. Al parecer Letholdus ya se encontraba en el lugar puesto que viajaba de regreso a Francia pero al enterarse del peligro corrió a asistir a los hombres que desesperadamente trataban de extinguir el incendio.

Letholdus, el caballero estandarte, no se acercó a los pozos para imitar a los otros que cargaban el agua hasta las llamas, él avanzó sin temor, caminando entre las ardientes flores de fuego ante los incrédulos hombres e invocando el nombre de Dios y el poder de la cruz, pareció llamar un viento tan intenso que apagó el incendio sin dificultad. Los habitantes del lugar y los peregrinos vitorearon su nombre y bendijeron su ayuda puesto que sin él, nada hubiese quedado en pie en Antioquia.

Para el joven viajero, el extraño descubrimiento le había traído más curiosidad y preguntas, aquella hazaña era un milagro en palabras del hombre que había escrito el registro del acontecimiento pero Letholdus IX trataba de encontrar una explicación lógica al suceso, si se daba por hecho que lo que aquel caballero había hecho era real y no una ficción fanática, debería haber alguna manera de justificar tal suceso con ciencia.

Después de tal relato, encontraría sólo un par de historias similares relacionadas con su antepasado, dos pequeñas crónicas, una tratando el cómo había labrado una escultura de la Virgen María en un convento de Italia sin tocar la piedra siquiera y otra más de cómo había ayudado a atrapar un ladrón en Irlanda al rodearlo con un aro de fuego flotante.

A éste punto, Letholdus estaba más que obsesionado con tales relatos, había empezado a ceder ante la posibilidad de que su antepasado estuviese bendecido de alguna manera o que alguna otra fuerza estuviese interviniendo para que él fuese capaz de realizar ésas proezas. Otra persona quizás habría considerado aquellas historias como simples fantasías o el ensalzamiento de una figura medieval pero para Letholdus resultó una clara señal de que había algo muy especial en su ascendiente y que… probablemente… habría heredado de alguna forma.

Para 1956 estaba claro que había algo diferente en Letholdus, al igual que su hermano Alvar, ambos habían visto acontecer dos guerras mundiales pero que mientras el poderoso dueño de las minas poseía ya una cabellera cubierta de canas, su hermano mayor parecía mantenerse joven como en aquel momento en que se despidieron para que pudiera iniciar su travesía. Alvar falleció ése año, dejando una viuda, tres hijos y una poderosa industria como legado. Letholdus se presentó en el funeral pero ocultó su identidad para evitar preguntas incomodas o murmuraciones a su espalda, después de todo parecía que le habían dado por muerto o desaparecido con el pasar de los años.

Tras una breve estancia en Brasil como parte del luto guardado a su hermano y tras asegurarse del bienestar de sus sobrinos y cuñada, siguió su recorrido global y su búsqueda por información sobre los campos místicos.

La respuesta llegó a él de una forma inesperada.

Un año después de la muerte de su hermano, Letholdus se encontraba en la India, en la región de Megalaya para encontrar a una mujer llamada Rania que según los locales, podía controlar el fuego a su antojo y formar figuras a partir de las llamas. Pero antes de poder dar con la leyenda viviente, fue atrapado en una tormenta eléctrica sin poder encontrar refugio apropiado y según los testigos presentes ése día, desvió con la mano un par de rayos que estaban por impactarlo.

Al parecer sus habilidades como hechicero siempre habían estado presentes así como las había poseído su antepasado, el original Letholdus pero sin una guía apropiada, no había podido aprovechar su potencial.

Según se cuenta, las historias del foráneo que se protegió de los rayos, llegó hasta los oídos de Rania, que lo buscó personalmente y adoptó como discípulo. Pasaron décadas sin que se escuchase nada de ninguno de ambos personajes hasta que finalmente Letholdus reapareciese en Francia durante el inicio del nuevo milenio.

Desde entonces ha recuperado sus hábitos de viajero pero sin manifestar aquella ansiedad y prisa que antes lo caracterizaban, como si hubiese decidido preferir la calma y disfrutar más de sus estancias en los diferentes países, como si ahora no estuviese en búsqueda de algo o se sintiese más completo.

Sus habilidades se han manifestado, afinado a través del entrenamiento y ahora se encuentra más en control de ellas, un estilo arcano de hechicería al cual recurre en ocasiones pero sus intereses permanecen ocultos, así como sus intenciones.


Prefiere mantener un perfil bajo, está consciente de la existencia de otros seres extraordinarios cómo él y preferiría no llamar la atención de seres no deseados, es por ello que usa una imagen de carismático viajero y recurre a sus poderes sólo en caso de extrema necesidad. Prácticamente nunca emplea ropajes relacionados con la hechicería, prefiere un buen traje, un estilo clásico que se mantiene vigente y que no genera demasiadas preguntas, en parte por su practicidad, por la imagen que proyecta y en parte por la nostalgia que le evoca, recuerdo de tiempos pasados.

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Letholdus IX Marie Barthélemy Guido Philippe Signoret Oriard
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